Buscando el Sumak Kawsay

Sumak kawsay

Hace un poco más de 12 horas habíamos llegado a esta región al sur de Colombia que nos llamaba desde hace meses, aquí donde la cordillera de los Andes cede su mandato y se transforma en 3 extensiones montañosas que atraviesan de sur a norte nuestro país. Aquí, en este territorio, los apus nos están mirando todo el tiempo, como un abuelo abnegado cuidando de sus nietos noche y día.

Al Valle del Sibundoy en el Putumayo, llegamos entrando por las carreteras que rodean la Laguna de la Cocha en Nariño, cruzando una frontera conformada por los frailejones del Páramo del Fraile. Casi 20 horas de viaje desde Pereira nos acercaron a este lugar antiguo y misterioso al que vine para escuchar mi propia historia, la indígena, la que empezó mucho antes de que seres ajenos tocaran este territorio. Estando aquí por primera vez me siento como parte de algo mucho más antiguo que la colonización española, parte de un sistema de saberes, una lengua y un linaje propios, dejo por momentos de sentir que tengo costumbres, gustos y palabras que no me pertenecen para comenzar a verme más cercana a la herencia cultural que habita estas montañas.

Valle del Sibundoy

Primer Apu: Cascada del Duende

En medio de la penumbra que todavía domina el pueblo en las primeras horas de la mañana, comenzamos a caminar. El primer lugar sagrado designado por la misma naturaleza hace siglos para cuidar a la comunidad, nos espera. A medida que avanzo falda arriba voy sintiendo la necesidad de caminar en silencio, escuchando los pájaros en el frío de la madrugada, luchando con la agitación que no deja respirar y ese dolorcito latiendo en la cabeza que se asoma poco a poco. No voy de buen humor. Llego incluso a preguntarme qué hago aquí. Como ya llegan las primeras luces, un compañero me sugiere que me detenga y mire para atrás.

Un golpe de aire me despeja la cara, los ojos se iluminan y entre las nubes aparece pálido todavía el Valle del Sibundoy. De manera espontánea comienzo a pensar palabras para las montañas que rodean los 4 pueblos que conforman el valle: Santiago, Colón, Sibundoy y San Francisco. Parece que los pueblos estuvieran custodiados por esas montañas, hay una sensación de protección. Aún no lo sé, pero más adelante me entero de que para las culturas que habitan este valle, la Inga y la Kamentsá, las montañas son también llamadas apus, “abuelos” y que son guardianas de la gente que aquí habita. También aprenderé que a las montañas y la naturaleza en general se les piensa, se les habla, se les agradece.

La Cascada del Duende es un pequeño gran reto que hay que superar para limpiar la mente y el cuerpo de esos miedos que nacen en la niñez y se agarran fuerte a través de los años, forjando nuestra personalidad. Uno de esos miedos es caer en medio de las rocas mientras intento subir una pared de tierra y piedras húmedas, llenas de moho. Primer miedo superado con esfuerzo y dolor. La recompensa, sentirme parte de un lugar sagrado muy antiguo, donde se honra a este ser vivo en su inmensidad: la madre naturaleza.

Cascada del Duende

Hablando con La Madre

¿Es un término gastado? La Pachamama como la denominan los pueblos indígenas a lo largo y ancho de este continente ancestral es mucho más que el símbolo del amor y el cuidado que la sabiduría indígena entrega prioritariamente a los recursos naturales como la tierra, el agua, el aire, los árboles y los animales. Es el reconocimiento de que esta tierra nos va a sobrevivir a todos los seres humanos, de que ella va a seguir adaptándose a los cambios que le traigan sus propios ciclos mientras que en esta inmadura existencia las personas padecemos los fenómenos ambientales preguntándonos ‘¿Por qué a mí?’

Una sopa de mote bien caliente en el almuerzo para recuperar fuerzas y entrar en calor después de una ducha  con agua helada. Mientras miro en el plato los distintos ingredientes de una receta que jamás había probado, entran en mi campo visual unas manos fuertes y pequeñas que terminando de poner los platos en la mesa me evocan el cuidado que sentí mientras miraba amanecer entre las montañas.

Las manos de Rosita me recuerdan que ella es también una madre. Recia y fuerte en apariencia mientras se le ve educando a sus hijas adolescentes y ordenando la casa, pero a la vez su voz suave y calmada revela una mujer dulce, humilde, cariñosa. Las manos con las que plasma su pensamiento en el telar, entrelazando con maestría hilos de colores para formar símbolos que han estado en su comunidad durante milenios, le sirven también para cocinar deliciosos platos tradicionales, también muy antiguos. 

Tejido tradicional kamentsá

Ambos artes reflejan la idiosincrasia de la comunidad Kamëntsá: ‘hombres de aquí con pensamiento y lengua propia’. Habitantes del Valle de Sibundoy desde siempre, grandes conocedores de la selva, las plantas y el poder de la naturaleza. Sabios de la coca y el yagé. Canales de comunicación con el espíritu del jaguar y el colibrí.  Portadores de conocimientos ancestrales encerrados en una lengua que está en peligro de desaparecer.

Siendo una lengua propia, no se parece a ninguna otra, ni se deriva de otra lengua. Es aislada, única y por tanto, difícil. La lengua kamëntsá es otra madre. La lengua madre de los ancestros que se posaron en este valle para conformar comunidad alrededor del instinto de sobrevivir en armonía con una geografía poderosamente selvática.

Sin retener más que palabras aisladas cuando Rosita me enseña su lengua comprendo que el sistema lingüístico está basado en el amor y el respeto por la naturaleza, muchas de las actividades que se realizan en la cotidianidad están mediadas por el entendimiento del cosmos y de su orden natural. Ahora sé por qué es importante pedirle permiso a la montaña, darle gracias, enviarle pensamientos bonitos que nos ayuden a recuperar la armonía con ella. Las palabras sumadas a las ofrendas físicas y las acciones puntuales de conservación que adelanta la comunidad empoderada nos muestran que somos nosotros los que necesitamos de los apus y sus frutos para seguir subsistiendo en el mundo y no al contrario.

Segundo Apu: El Salado

Sin más que un día para reparar energías, otra montaña nos recibe y a medida que nos acercamos a su centro el ambiente se vuelve más cálido. El salado alberga un nacimiento de aguas termales donde llegan las personas que creen en las propiedades curativas del vapor a recibir el calorcito que emana directamente de la tierra. La temperatura del riachuelo puede provocar quemaduras serias para quien intente tocarlo. Pero como un designio de la montaña, falda abajo sus aguas se juntan con un arroyo de agua fría que se desprende del río Putumayo. Así las aguas hirvientes se vuelven soportables y se transforman en una cascada de agua tibia con vista hacia la selva que protege el caudal del río.

La perfección no necesita la mano del hombre. Ni su explotación. La perfección de este lugar no necesita que se le pague nada a nadie, ni horarios de visita, ni parqueadero gratis. No necesita más pagamento que unas hojitas de coca para la montaña, la consciencia de no lastimarla y pensamientos de amor hacia ella para recargar su alma y la propia.

Aguas termales Putumayo

Tercer Apu: Camino real (Sumak Kawsay)

El tercer apu nos dejó una enseñanza que puedo resumir en el concepto quechua del Sumak Kawsay: ‘la vida en plenitud’. Para los pueblos andinos, especialmente Bolivia y Ecuador plantea ‘una forma de relacionamiento diferente entre seres humanos en la que la individualidad egoísta debe someterse a un principio de responsabilidad social y compromiso ético, y un relacionamiento con la naturaleza en la cual esta es reconocida como parte fundamental de la ‘socialidad’ humana.’ (“Cuestiones sobre el Sumay Kawsay” – Pablo Dávalos).

Este conjunto de ideas sobre el equilibrio de la vida es heredado por los pueblos andinos de Colombia como los inga y los kamëntsá, quienes asumen como parte de su buen vivir el bienestar de la naturaleza que los rodea, así como la permanencia de sus prácticas ancestrales a través de las generaciones.

Dos días y medio duró la lección montaña adentro siguiendo el Camino Real, entre los municipios de San Francisco y Mocoa. Este camino ancestral era recorrido por los indígenas de diferentes lugares dentro y fuera del territorio que hoy es Colombia con diferentes fines como los trueques, conectando con el gran sistema de caminos construido por la civilización Inca, Quapaq Ñan. Ahora los habitantes del Valle del Sibundoy, herederos de este legado, son los encargados de conservarlo en condiciones para ser recorrido y así evitar que se lo coma la selva y el olvido. Así, una vez al año, los gobernadores de ambos cabildos recorren el Camino Real evocando sus orígenes y agradeciendo a la montaña por sus bendiciones. Este camino es parte importante de su historia, y ahora también lo es de la mía.

No fueron las dificultades físicas las que nos impidieron salir en el tiempo previsto de un día y medio, fue la montaña quien designó que saldríamos 24 horas más tarde, pues tenía cosas para mostrarnos sobre nosotros mismos y la vida que hemos llevado. Dicen incluso que caminantes muy experimentados han ingresado al Camino Real y se han tardado más de 4 días en salir. Ella es la que decide. Después de todo, es la madre de todos los que la habitamos y a la madre se le obedece.

Montaña en Colón Putumayo

Allá, grandiosas, tranquilas, protectoras, las montañas del Valle de Sibundoy seguirán presentes cuando todos nos hayamos ido. Se transformarán quizá o albergarán otras formas de vida que no imaginamos. Se volverán volcán, río o laguna. Seguirán su curso alimentando el planeta hasta que también les llegue la hora. Abuelas tercas y curanderas, seguirán cuidándonos, aunque las violentemos con veneno y pólvora. Abuelas sabias que nos seguirán mirando con amor esperando pacientemente que volvamos la mirada y les llevemos una ofrenda de respeto y reconciliación, por fin conscientes de la soberbia madurada por generaciones incontables, después de no llegar a ningún lado, igualmente vacíos.

Hay quienes queremos volver la mirada y sabemos quiénes lo han hecho ya: nuestros ancestros representados en diversas comunidades indígenas como la inga y la kamëntsá. Ellos lo entendieron todo. Cuentan con una conexión inefable con la tierra que solo inspira admiración. Por ello enseñan con humildad los saberes de sus abuelos a quienes queremos acercarnos un poco más al corazón de las montañas. Ayudar a sanarlo. Reparar en una diminuta parte el dolor que les provocamos. Vivir en armonía con ellas así estén lejos. Reconocerse como hijos de la tierra. Vivir el Sumak Kawsay.

Buen vivir
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