Carnaval del Perdón: Reconciliar para pervivir

Carnaval del Perdón

Lo mejor de saber que iríamos de nuevo al Putumayo, era la emoción de ver y sentir el Valle de Sibundoy, territorio ancestral donde habitan los pueblos indígenas inga y camëntsá. Lo que no imaginábamos era que durante los días siguientes algo nos iba a atravesar el cuerpo y el alma desafiando nuestros más profundos prejuicios, elevando la mirada hacia otras formas de vida, acercándonos al corazón de la selva donde los taitas miran cómo sus hijos celebran la reconciliación durante dos días enteros.

Llenos de admiración estábamos aquí, en Colón, uno de los cuatro municipios que alberga el Valle sagrado. Había en estas calles tan limpias y tranquilas un aire festivo. En las casas las abuelas, madres, hijas y nietas terminaban los últimos detalles de los trajes que lucirían durante el Bëtsknaté (celebración camëntsá) y el Karlusturinda (celebración inga), los dos días más importantes del año en los que todo se renueva, las ofensas se perdonan y un nuevo ciclo de cuidado y agradecimiento a la madre tierra vuelve a nacer. Durante todo el año las mujeres preparan sus atuendos, en los que resalta la corona tejida por ellas mismas con hilos de colores y formas inesperadas, de la cual se desprenden, bajando por la espalda, un conjunto de tiras tejidas con símbolos que llevan siglos contando las memorias vivas de los ancestros. La corona se realiza a partir de una de las actividades esenciales para la comunidad, el tejido, o como lo llaman en lengua materna: Tsombiach. Quizá es por esta razón que al finalizar el carnaval las mismas manos se encargan de desarmar la corona, desenlazando hilos, uno tras otro, en un acto ceremonial de amor y contemplación.

Y es que varias de las actividades importantes para ambos pueblos indígenas tienen su base en el pensamiento. De hecho, hacer las cosas no solo con las manos sino también con el corazón es una enseñanza que conecta muchas de las comunidades nativas de Colombia, por más alejadas que parezcan unas de otras. El tejido es un gran ejemplo de ello. Acá en el Valle de Sibundoy tienen especial significado elementos como el sayo, utilizado generalmente por los hombres para cubrirse del frío y tejido por las mujeres con suficiente experiencia en el manejo del telar, pues su proceso de elaboración va más allá que simplemente tejer una prenda de vestir. Sentarse a trabajar en ello es para estas mujeres un ejercicio de pensamiento, en el que como los hilos de colores que se entrelazan, así mismo en la mente se teje la familia, la chagra, los alimentos, el futuro… También se recuerdan enseñanzas, historias y anécdotas que la mantienen conectada con el tiempo anhelado, el ancestral y el ahora. 

En el telar también se elabora el chumbe. Una faja muy larga que da varias vueltas alrededor del vientre, en la que se tejen diversas figuras que en conjunto funcionan como un sistema de escritura simbólica, a través del cual se cuentan vivencias, reflexiones, proclamaciones o agradecimientos. Cada figura representa un elemento de vital importancia en la cosmogonía de los pueblos originarios como los ríos, las montañas, el sol, la chagra, la familia, la mujer y el hombre.

Conocer la existencia de estos elementos y las formas que encontraron los ancestros para dejar huella en el mundo, contar sus historias de vida y perpetuar sus saberes a través de símbolos, nos muestra que van más allá de lo que nos enseñaron en la escuela sobre el alfabetismo, pues esta no es la única manera de narrar lo que nos rodea. Somos mucho más que palabras. Somos sentido. Hugo Jamioy, poeta camëntsá lo ilustra bellamente en su escrito Analfabetas:

«A quién llaman analfabetas,
¿a los que no saben leer los libros o la naturaleza?
Unos y otros
algo y mucho saben.»

Esperando el inicio de la celebración tratamos de entender por qué es conocido en Colombia como el Carnaval del Perdón. Nos han contado que en tiempos muy antiguos los ingas y los camëntsás vivían en conflictos, hasta el tiempo en que llegaron los conquistadores españoles y se dieron cuenta de que para resistir al extraño que los estaba matando era necesario unir fuerzas. De lo contrario toda su gente terminaría extinguiéndose y con ella sus conocimientos. Cuentan que a partir de allí, viven en completa armonía cuidando de su territorio y compartiendo los saberes de los ancestros.

Por ello es necesario hacer limpias que ayuden a armonizar la energía entre cada familia y habitante del territorio. Estas se realizan una semana antes del inicio del carnaval en ceremonia con medicinas tradicionales como la ambiguasca o el yagé. Y es que convivir durante siglos en el mismo territorio ha unido a ambas comunidades en muchos aspectos como la medicina, el conocimiento sobre la naturaleza y la vestimenta, pero también hay elementos diferenciadores. Uno de los más fascinantes es la lengua, patrimonio ancestral que alberga gran parte de su idiosincrasia. Es llevada por los abuelos y abuelas como un traje, una morada sin la cual no se reconocen a sí mismos. Sin embargo, en la actualidad ambas lenguas nativas, como las más de sesenta que tenemos en Colombia, están en peligro de desaparecer. Así, la lengua inga es una derivación del quechua, heredado de los incas; y la lengua camëntsá es aislada, no tiene familia lingüística conocida aún. Quizá por ello en el poema de Jamioy los taitas susurran en su canto: 

“Vístete con tu lengua.
Pueda que a su paso no te reconozcan…”

Además de tener su propia lengua, cada comunidad tiene un día en el carnaval para celebrar con sus propias actividades, que cada año tienen lugar el lunes y martes antes del miércoles de ceniza, respectivamente: el Bëtsknaté y el Karlusturinda.

El día lunes, dedicado a la celebración camëntsá, inicia en las calles de Sibundoy con un gran desfile, una danza de vibrantes colores, abrazos e instrumentos elevando melodías al sol, dando gracias a la madre tierra por un año más de vida. Esta maravillosa expresión de la libertad en este rincón de Colombia contrasta con los símbolos católicos que destacan en medio de la fiesta. Es el sincretismo cultural: una manifestación de las creencias religiosas que los misioneros europeos fueron impregnando en la vida cotidiana de los nativos, mezclándose con sus rituales. Así, para las comunidades indígenas que aquí habitan la madre tierra está fuertemente vinculada con la Virgen María, es por ello que dentro del desfile podemos ver a un grupo de mujeres, llamado Las Fiesteras de la Virgen de las Lajas, llevando en alto un cuadro con la imagen de la virgen rodeada de flores, palomas y nubes. Casi como si en medio de la montaña ella estuviera mandando sus bendiciones a los cuatro pueblos del Valle sagrado. 

El desfile central finaliza en la plaza principal que cuenta con una iglesia, donde se realiza una misa en la que se hacen cantos en lengua nativa y los líderes de la comunidad reciben la bendición del sacerdote. Pensábamos: ¿cómo se genera una unión tan sutil entre cosas que en apariencia son contrarias? Porque, sin duda, una llegó para intentar desaparecer la otra, pero en lugar de hacerlo, se fusionó para resistir desde la conjugación de símbolos.

Desde luego, hay muchas personas de la comunidad que no están de acuerdo con que se sigan incluyendo prácticas religiosas dentro del carnaval, especialmente las generaciones más jóvenes, quienes durante la misa se quedan en el parque danzando, tocando sus instrumentos y celebrando a su manera. Entre ellos está Juan Carlos, indígena camëntsá y aprendiz de taita, convencido de que las cosas deben cambiar, deben volver a la esencia del Bëtsknaté, sin rituales religiosos que fueron simplemente una imposición en su momento, una especie de chantaje con el que los españoles convencieron a los nativos de cambiar el lenguaje y sistema de creencias por el suyo.

Un tema complicado que tardará muchas generaciones en concretarse, aunque cada año son más los que rechazan la intromisión del catolicismo en los rituales del carnaval, principalmente aquellos que están en el camino de aprender los saberes ancestrales como la preparación de la ayahuasca y la toma de este remedio, considerado como una fuente de sanación y comunicación con los espíritus de los abuelos para obtener sabiduría.

Estas posiciones encontradas nos hacen reflexionar en que sin duda somos una unión de cosas: las que trajeron los españoles y las de nuestros ancestros originarios.

¿Por qué no pensamos entonces en reconciliar estas dos partes que nos habitan, aceptando y agradeciendo lo que nos puedan aportar y dejando ir lo que no va con nuestra esencia?

Al terminar la misa, llega el momento cúspide del día: el sacrificio del gallo, símbolo de la unión entre los pueblos que habitan el Valle de Sibundoy. Este ritual es realizado por los sanjuanes y el matachín, personajes claves dentro del carnaval. Consiste en izar el animal en lo alto de un castillo construido a base de hojas de maíz y puesto junto al cabildo. La cabeza es arrancada por aquel que pueda saltar bastante alto y agarrar con fuerza el pescuezo. El que lo logra se lleva el honor que ostentará exhibiendo la cabeza del gallo amarrada en un bastón por el resto del día.

El sentido de fraternidad es evidente a lo largo de todo el carnaval, el que se anime a formar parte de la fiesta es recibido como parte de la casa. Este sentimiento es latente en todo momento, pero el signo que mejor puede describirlo es la chicha. Bebida tradicional indígena preparada con maíz y fermentada durante días para acompañar las celebraciones desde tiempos ancestrales ¿Y qué es lo especial de la chicha en el carnaval? Es lo que más abunda. Todo el tiempo en todas partes donde hay fiesta encontramos a alguien que nos ofrece chicha. Juan Carlos nos cuenta que esta bebida tiene un alto significado, por ello se ofrece y se recibe con ambas manos juntas como símbolo de unión, y decir ‘no’ pocas veces es una opción viable.

Así como la chicha, son latentes otras formas de representar la fortaleza de vivir en comunidad durante siglos sin desfallecer. Entre ellos está la danza, la comida y especialmente los cantos tradicionales, interpretados en lengua materna y conformados por frases cortas que llevan mensajes como: 

“Realizar un cambio en uno mismo, así cambia nuestro alrededor.”

“Llegó el Día Grande, el más importante, vamos a disfrutar contentos.”

“Bailemos y cantemos mientras vivimos.”

Hay algunos que evocan la unión familiar:

“Mientras vivamos estaremos juntos.”

Asimismo, hay otros que representan el orgullo de ser indígena:

“Somos originarios de nuestra cultura, nuestro alimento es indígena.”

Estos cantos son los que se pueden escuchar durante los dos días de carnaval acompañados por el ritmo de los tambores que hacen estremecer el pecho y melodías de flautas, sonajas, collares de semillas, cuernos, maracas o cualquier otro instrumento, interpretados por las mujeres con sus atuendos coloridos, los hombres con grandes ornamentos de plumas y piedras sobre la cabeza, así como los sanjuanes con sus máscaras negras representando la resistencia frente a la evangelización de su pueblo y los sufrimientos causados por la colonia española; los saraguayes que caminan con sus sombreros amarillos donde se pueden encontrar pequeños espejos, simbolizando los engaños sufridos durante la conquista por medio de estos elementos, los bandereros y el matachín, el primero del desfile que ya ha recorrido días antes las veredas invitando a las personas a unirse al carnaval, característico porque es el único con máscara roja y plumas de aves silvestres en forma de corona.

Al día siguiente, el martes, la celebración continúa durante el Karlusturinda, fiesta en honor al arcoíris que inicia con un desfile por las calles de Colón, territorio tradicionalmente inga. Con fuerzas renovadas, las comunidades salen a la calle con sus atuendos e instrumentos para darle la bienvenida al nuevo año. Al llegar al cabildo poco a poco se van aglomerando las personas y se siente en el aire que algo muy especial está por comenzar, los jóvenes con sus banderas ondeantes donde predomina la Whipala marcan la llegada de las autoridades mayores del cabildo, el taita gobernador y demás integrantes del gabinete.

Al llegar al cabildo donde sobresale un monumento en forma de cruz, los mayores entre sí se colocan flores en la cabeza, se arrodillan para pedir perdón y se dan efusivos abrazos entre risas y lágrimas para purgar los errores cometidos durante el año. Poco después comienza lo que será literalmente una carrera de bandereros alrededor del parque. Los competidores, hombres y mujeres jóvenes con sus atuendos tradicionales, corren con fervor por la calle de tierra. Esta carrera le da apertura a lo que será la siguiente actividad, en la que infantes, adultos y abuelos juegan como niños lanzándose chilacuanes entre sí. Estas son pequeñas frutas similares a una papaya que inesperadamente comienzan a llover por todos lados. Un escenario confuso para los que somos de afuera, pero logramos meternos en el juego luego de un buen rato esquivando los frutos entre risas. 

Así, sintiendo que no hay nada más de qué preocuparse en la vida que agarrar frutas del suelo y lanzarlas a lo lejos, el olor dulce de chilacuán comienza a levantarse con el calor del mediodía. De todos los instantes poéticos del viaje, este es el que ilustra mejor lo que es estar en este territorio. Aquí todo se hace diferente, nada necesita más explicación que la del corazón. Ellos, maestros desde tiempos inmemoriales, eligieron quedarse con la esencia de la vida, el viento, los cantos, la armonía con la tierra, los pájaros, las montañas. Como diría Gerardo Reichel-Dolmatoff, antropólogo colombiano:

“Lo que los indios colombianos nos pueden enseñar no son grandes obras de arte arquitectónico, escultural o poético, sino sus sistemas filosóficos, conceptos que tratan de la relación entre el hombre y la naturaleza, conceptos sobre la necesidad de la convivencia sosegada, la conducta discreta, la opción por el equilibrio.”

Después de tanto disfrutar afuera, en la Casa Cabildo también hay fiesta. Entre danza, canecas llenas de chicha, comida y banderas en alto todo es celebración. Una amalgama de color que nos lleva a pensar lo curioso de que este momento tan sublime para los ingas haya sido utilizado para ‘demonizar’ sus tradiciones cuando los misioneros decidieron trasladar la fecha que antes era en junio coincidiendo con el Inti Raymi, celebración inca que se realiza durante el solsticio de invierno en el hemisferio sur, hacia el martes anterior al miércoles de ceniza, con el fin de que el guayabo de la fiesta hiciera sentir arrepentidos a los indígenas mientras recibían la señal de la cruz en la frente. Una forma perversa de imponer por encima de la idiosincrasia ancestral intereses ajenos y prejuicios morales.

Dejando el pasado atrás, volvemos a la Casa Cabildo donde ya todos tienen en sus manos ramas de ortiga con las que en medio de su danza van rozando piernas, brazos y cara de todo el que se encuentran. Así se limpian las faltas con el ardor que el contacto de esta planta deja en la piel. Un ritual lleno de picardía y a la vez de significado, pues la ortiga es utilizada por los taitas en diversos espacios de sanación para limpiar el cuerpo y la mente de una forma ceremonial, conectando a la persona con su propio ser y el entorno.

A pesar de que tanto el Bëtsknaté como el Karlusturinda ocupan el mismo espacio físico y espiritual para las comunidades que los protagonizan, con igual relevancia en simbolismo y tradición, solamente el día que corresponde a la celebración camëntsá fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación desde 2013. Quienes tomaron esta decisión desconocieron el inmenso valor que tiene el carnaval en su conjunto, como una fiesta de reconciliación entre pueblos. 

Es urgente que este mundo occidental dominante entienda el profundo significado que desde hace siglos tiene esta fiesta; más allá del colorido de las vestimentas, la música y la chicha aquí lo que hay es identidad en abundancia. Cada elemento característico cuenta un poco de nuestra historia ancestral, esa que no pudimos escribir en los cuadernos del colegio porque la oficial es la que para la institucionalidad vale la pena recordar, dando como resultado la negación constante a reconocer y apreciar nuestros orígenes, ya sea por vergüenza o desconocimiento. 

Por eso no podemos dejar de preguntarnos ¿Qué pasaría si buscáramos en los anales de la historia lo que había antes de todo? Sí, antes de ese todo que nos vendieron como vida: la religión, el dinero, los edificios, las fronteras, las banderas. Seguramente muchas cosas serían distintas, tal vez dejaríamos de buscar nuestra esquiva identidad donde nunca la vamos a encontrar. Quizá veríamos nuestro propio rostro, el verdadero, reflejado en los ojos del abuelo que se aferra a su lengua nativa o lo poco que queda de ella; en las manos de las abuelas cocinando el maíz, o en los pies de los jóvenes caminando su montaña.

De nuevo Hugo Jamioy nos habla en su poema ‘La historia de mi pueblo’:

«La historia de mi pueblo
tiene los pasos limpios de mi abuelo,
va a su propio ritmo.

Esta otra historia va a la carrera,
con zapatos prestados
anda escribiendo con sus pies
sin su cabeza al lado,
y en ese torrente sin rumbo me están llevando.»

Necesitamos reconciliar esta confusión histórica desde el reconocimiento de nuestro origen nativo, sin dejarnos deslumbrar por los rasgos superficiales exotizados del indígena que otros pusieron de moda solo para seguir comercializando su imagen, desconociendo que tiene toda una historia de resistencia y sacralidad milenaria. Reconciliar para recordar lo que hubo antes de esta lengua prestada con la que escribimos estas palabras. Reconciliar para seguir escribiendo desde el amor por nuestro origen indígena y el respeto por aquellos que aún hoy, orgullosos de su linaje, lo siguen llevando en alto con todo el entramado de tradiciones, sueños, oralidades, escrituras, lenguas y enseñanzas.

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