De Gabo y los lugares comunes

Este texto surge desde el miedo. Ese miedo que llega antes de sentarme a escribir y no después, porque tiene el olfato tan desarrollado que siente el instante en el que una idea llega a la cabeza con intenciones de saltar al papel. Entonces sabe que es el momento de aparecer. Su inteligencia, que se alimenta de la historia personal y los intentos de escribir abandonados en cualquier rincón, me recuerda a cada instante que es inmortal. Mientras mis conexiones cerebrales y esta inquietud por las palabras existan, él será inmortal.

En verdad, ha perdido algunas veces, cuando la idea encuentra algún hilo de motivación del cual agarrarse para alimentarse a salvo con ápices de confianza, autoestima y creatividad. Mientras tanto la tormenta de dudas, desánimo y ansiedad pasa con el fin de arrasar con todo a su paso, sin dejar ni una sola idea viva. Sin embargo, lo usual es que al término de la tormenta queda la desolación, que se acalla con trabajo y tareas domésticas. Sobre todo, las últimas ayudan a sobrellevar el duelo de todas las ideas que murieron durante la tormenta. En pocos días el acontecimiento se olvida y comienza una nueva lucha por sembrar ideas con la esperanza de que este cultivo sea más fuerte que el anterior.

Gabo Cien años de soledad

Ese miedo tiene ya una forma tan definida que es muy fácil nombrarlo: cliché. El miedo a caer en los lugares comunes. El mismo que ha matado cuanta idea buena o mala pasa por aquí. Con su figura aplastante y más presente que nunca se escribe este texto.

Como conocedora de ese vicio de matar ideas antes de que estas cojan fuerza, lo tomo con calma. Sé que debo ahorrarle al mundo el nacimiento de un texto plagado de repeticiones que ya otros han escrito tantas veces, aún más a sabiendas de que son repeticiones mal escritas. Metáforas inentendibles. Referencias desgastadas.

Usualmente, aquí terminaría mi escrito. Infectado por su propio veneno antes de ser lo suficientemente fuerte dentro de su propia languidez como para atreverse a ver la luz en otros ojos. Pero hoy me siento rebelde, con el espíritu alimentado por un ser que ya murió, pero que le regaló a este mundo una novela tan sublimada como demolida. ‘Cien años de soledad’.

Recuerdo haber leído con la soberbia de los ignorantes unos textos que le daban la razón a mi total desinterés por leerla, aún más, por leer cualquier cosa escrita por Gabo. Sobre todo, aquellos textos que usan el término ‘realismo mágico’ únicamente para asegurarse de que esté presente cuando escupan sobre él. Y yo feliz y orgullosa de no haber leído la novela, con la seguridad de que jamás la leería. En realidad, no sabía que andaba saturada de tanto nobel, tanta mariposa amarilla y tantos retratos del viejo con gafas poniendo cara de serio para la foto.

Como seguramente dice alguien famoso que ahora mismo no recuerdo: lo que una cosa deja en la memoria colectiva, seguramente no es lo que mejor la representa.

Años después, buscando formas de matar el miedo a los clichés para escribir “más y mejor” me metí en un taller de escritura, aquí llegaría el final a varios años de negación: leería por fin a Gabo. Y no solo los cuentos que me encontré en internet. El desafío era mirar en los ojos a esa novela y consumirla hasta rendirme por última vez abandonándola del todo, o terminarla hasta el último punto. Pasó lo segundo.

Cada sábado en el taller me dejaba encantar por el profesor Gustavo al mencionar partes de la novela para conectarlas con su clase, orgulloso de leerla cada año y descubrir siempre algo nuevo. Este encantamiento contrastaba con el sarcasmo crudo pero divertido de Fernando Vallejo cuando, en un ensayo, se refirió a ‘Cien años de soledad’ como una oda a la mediocridad, pues está, según él, plagada de recursos vilmente tomados de otros autores, de forma casi textual y por tanto descarada.

Estaba de acuerdo con Vallejo, principalmente porque también me molestaba ese cuento recurrente del nobel y la grandilocuencia del realismo mágico, motivos por los que ponen a Gabo como lectura obligatoria en los colegios, como si este país no hubiera alumbrado otros autores igualmente entrañables, majestuosos.

Con el prejuicio madurado y muy presente, decidí entrar en la novela dispuesta a no encontrar algo que me hiciera quedar. Poco a poco durante mi lectura fui comprendiendo que de alguna forma el hecho de que Vallejo “se meta” con Gabo en su ensayo es una forma interesante de bajarlo del pedestal, es algo que Vallejo puede hacer porque es digno de él. Gabo es nuestra punta de lanza frente al mundo culto y letrado que piensa que en Colombia solo se encuentran drogas y putas ¡Desde luego! Un personaje tan amado y respetado en todas las regiones de este país no puede ser más atractivo a la pluma de un escritor como Vallejo. Y encima compatriota. Simplemente perfecto.

Pero adentrándome más en el libro también comprendí que ‘Cien años de soledad’ es una historia de la que fácilmente nos enamoramos en Colombia, porque es nuestra. En cada página uno va construyendo Macondo con los recuerdos de esos paseos familiares a la costa: el calor, los ríos, las casas, la lluvia. Todo se mete por los poros y entonces descubro que Úrsula Iguarán tiene la imagen de la mamá de uno y comienza a verla por ahí ordenando todos los asuntos de la casa.

En este libro nada es gratuito, ni los nombres con sus apellidos que Vallejo destruye porque simplemente no le gustan (no encontré en su ensayo un mejor argumento), ni los personajes de otras novelas que se escabullen entre las páginas para vivir la realidad de Macondo, préstamos que el autor se permite claramente para expresar su admiración a los escritores que los alumbraron como Carlos Fuentes y Julio Cortázar.

Leer Cien años de soledad

Con todo esto, ‘Cien años de soledad’ es un reflejo perfecto de la época en la que fue escrita, esos años entrañables del boom que marcaron a América Latina en el mundo de las letras, el cual a pesar de que para muchos conocedores sea despectivo, yo como humilde lectora lo veo como una época de iluminación. Imposible no escribir desde el cariño, sabiendo que esta novela fue la cuota colombiana a este torrente de obras que narran desde una lengua prestada que poco a poco se ha hecho propia.

Mientras avanzaba en la lectura, me acercaba más al miedo con el que normalmente me siento a escribir, ese miedo estúpido al cliché. Pero esta vez, sorpresivamente me acercaba con amabilidad a ese miedo, empecé a verle la cara y lo descubrí. En ‘Cien años de soledad’. Nuestro símbolo. Nuestro escudo.

Esta novela me está ayudando a superar el miedo a los lugares comunes ¿Por qué? Simplemente porque no les teme. Los lleva con orgullo, porque forman parte de ella, están tan bien incorporados que no son incómodos ni le quitan valor estético. Uno de ellos, el que más me atormentó cuando aparecía de repente en mis textos: “Se le ocurrió pensar”. Hace años había erradicado de mí esta expresión porque siento que no dice nada, pero el hecho de que aparezca tantas veces en el libro me hace pensar en las personas que estuvieron detrás de él ¿Quién se equivocó? ¿Llegarían a un acuerdo el autor y los editores de conservar esta expresión que para mí es imprecisa? ¿No encontraron otra forma para referenciar la misma idea?

Miedo a escribir

Sin importar la respuesta, después de todo siento un fresquito cuando veo que no solo esta sino muchas otras expresiones aparentemente clichés que le quitarían valor al texto, aparecen una y otra vez como un sello que le imprime el autor. Muy lejos está la preocupación de que se le reste valor a la novela, pues su fuerza aún vigente en estos tiempos viene de una creatividad indiscutible que se sirve de la experiencia para representar una región de Colombia con todos sus colores.

Leer ‘Cien años de soledad’ ha suscitado un aprendizaje para mí como nunca lo hubiera previsto. Es una inyección de motivación a querer contar historias a mi manera y preocuparme después por la perfección. Encontrar mis propias palabras y formas de narrar, dándole a cada texto una esencia propia, que vaya más allá de las doctrinas que se han formado alrededor del lenguaje que dicen qué se puede decir y qué no. Dándole a cada texto su propio valor que no permita limitar su potencial a causa del miedo de caer en los lugares comunes. Gracias Gabo, ahora siento que puedo hacer mi miedo más pequeño y seguir escribiendo a pesar de que este nunca se vaya.

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2 comentarios en “De Gabo y los lugares comunes”

  1. Se me ocurre pensar que… habrá que expresarlo todo, sin esperar validación. Lo de cada una/o será cargar o soltar lo que piensa de eso que tanto le agrada o molesta. Esa es una de las tareas.

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