Lecciones de país con La pájara pinta

Libro Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón

¿Qué sucedió el 9 de abril de 1948? ¿Qué pasó después? ¿Qué hay más allá de Gaitán, liberales, conservadores, saqueadores, disturbios y linchamientos?

Más allá de la historia del Bogotazo que se cuenta en la misma conmemoración de cada año están las otras historias, más pequeñas, acontecidas en las ciudades y los pueblos que también lo vivieron a su manera pendientes del radio. Aquellas personas que presenciaron ese día el inicio de una época particularmente violenta, que no valió la pena, pero sí les costó la vida o cuando menos el sueño, la tranquilidad.

Y yo, creyéndome capaz de cargar sobre mis hombros los detalles de una historia mucho más profunda y violenta que la mencionada año tras año en los noticieros, asumí la tarea de buscar más allá. Pero en el camino me fui enamorando de ese 9 de abril bellamente contado en las imágenes y sucesos de la película Confesión a Laura (Jaime Osorio, 1990) para, años después, aterrizar en el relato de Albalucía Ángel en la novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975).

Estaba la Pájara pinta sentada en el verde limón

Una historia que narra la violencia desatada aquel 9 de abril desde voces, escenarios y situaciones tan diversas que hay que estar atento para no perderse, pues a la vuelta de un renglón, sin advertencia alguna, puede una estudiante de un colegio de monjas y sus amigas en un pueblo cualquiera de Colombia robarle el foco al propio Presidente de la República y sus consejeros. Esta amplia polifonía permite con gran agilidad que podamos asistir a momentos que pasan de la angustia al absurdo en un segundo:

La Pecosa se agarró de la mano de Ana, temblaba y lloraba diciendo que su papá estaba en Bogotá, que lo iban a matar, y Ana le dijo que no llorara más, que si seguía, la dejaba que se fuera sola. Irma se tuvo que formar en la fila de las del Lago y Julieta se le aferró a la otra mano, mi papá es liberal, ¿y el tuyo? le preguntó con su carita seria, muy pálida y Ana le dijo que el de ella también, ¿y tú crees que los pueden volar a todos los liberales con dinamita?

La estructura con la que Albalucía Ángel decide mostrarnos este relato en una época comprendida entre el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la muerte de Camilo Torres, no pretende más que ilustrar la complejidad de las relaciones humanas que se tejen entre el miedo a ser asesinados, el desplazamiento forzado, las estructuras de poder, la mojigatería de la religión en su máxima expresión, la vida campesina errante y los protocolos sociales con los que se educaba a la clase media en los años cincuenta.

Más allá de las imágenes sangrientas y el horror de la violencia bipartidista en Colombia, hay un retrato de la sociedad que lucha por sobrevivir a pesar de todo, desde el soldado que no ve la hora de volver a su hogar, hasta la niña que se siente ahogada por la hipocresía de la gente de bien. Parece más una radiografía de la historia personal de la autora que una novela histórica. De ahí que Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón no se va por las ramas, dice las cosas como son a riesgo de censura. Por ello fue una historia tan necesaria en su época (plena década de los setenta) tanto como lo es ahora, en el 2020, resultándome balsámico leer líneas tan subversivas y bellas a la vez, como cuando Ana en su pensamiento se dirige a Sabina, la empleada doméstica:

Si tú entendieras de una vez que la historia no la hacen los héroes anónimos, los que como la suscrita se someten a la contaminación de aquellas masas perrunas, sumisas, obedientes, de los que mansamente posan la cerviz bajo los yugos, o la dejan que yazga cual paloma en los tablados de las guillotinas; si hicieras un esfuerzo por entender que tu miedo a los patrones, a mi mamá cuando dice que no me den las diez y media metida entre la cama, que el Nescafé en la tienda de don Cleto, que prohibido que me pases una sola llamada, cuando de ésta depende el que yo emerja de una vez del pantanero y decida por fin que el mundo sí es redondo y que tiene dos caras y que una mitad se come la otra media y que hasta cuándo, entonces; si tú fueras consciente de esas cosas, suspenderías ipso facto ese alegato.

Así, entre lecciones de pensamiento crítico, una narrativa inquietante y un lenguaje libre de eufemismos, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón no se trata solamente del 9 de abril de 1948, esta fecha pasa más bien a ser el detonante de un contexto histórico, político y social que resulta mucho más poético y fascinante porque forma parte de un universo de imágenes que juegan con los límites de lo cotidiano y lo extraordinario, las cuales están bañadas de una belleza única al ubicarnos sobre las calles, fincas y paisajes rurales de Colombia en ese tan turbulento siglo XX, a modo de escenario para situaciones tan mágicas como el simple juego de unos niños:

El mayor encanto del paseo a La Julia, era precisamente el cafetal, porque pegados a los yarumos: unos árboles altos de troncos blanquiñoso y con buen musgo que sirven de sombrío a los cafetos, crecían unos bejucos gordotes con los que se podían lanzar de rama en rama y aterrizar en los arbustos o en el terreno húmedo, cuyo piso cubierto por las hojas podridas y las pepas maduras de café, servía de pista.

Nada es gratuito en la novela de Albalucía, cada escena por irrelevante que parezca para la historia, trae consigo una posición personal de la autora frente a algo que le molesta, le encanta o le divierte. Un ejemplo de ello es sin duda el uso del lenguaje, tan coloquial y tradicionalista como seguramente lo recuerda en su propia infancia. Expresiones aparentemente exclusivas del lenguaje hablado, aquí se convierten en un vehículo para comprender mejor la idiosincrasia de esa Colombia que se movía motivada por unos ideales de moralidad, religiosidad, política y sociedad, en muchas formas diferentes a los que tenemos las generaciones de finales del siglo XX y comienzos del XXI:

— Tú estabas muerta de miedo y te persignabas a cada rato.
— ¿Quién… yo?
— Sí, me acuerdo
— ¡Eavemariapurísima! A quién no le iba a dar. El radio decía un mundo de cosas. Decía que las mujeres de mala vida andaban borrachas por la calle vestidas con las pieles robadas y que habían incendios por tuiticas partes, avemaría qué miedo, menos mal que no vivimos en Bogotá, a mí nunca me han gustado las capitales, siempre le tocan los tiroteos y las peloteras, jamás se supo cuántos muertos hubo.

Es una particularidad para mí admirable la manera cómo el lenguaje hablado se sostiene a través de toda la novela, sin caer en exageraciones que la podrían tornar difícil de leer o quitarle sentido. Al contrario, este recurso le agrega agilidad y cercanía, por lo menos para lectores que como yo, crecimos en ese punto de transición donde las tradiciones rurales y campesinas incorporadas a la vida urbana, presenciaban la llegada de los dispositivos electrónicos y con ellos una lista interminable de costumbres extranjeras, principalmente traídas de los Estados Unidos, entre los que destaca el uso de palabras en inglés para reemplazar sus equivalentes en español, así como el modo de vestir, actuar, comer, relacionarse con otros y hasta dormir.

Historia de Colombia

A medida que va tomando vuelo, el relato de Albalucía nos ayuda a entender mejor las dinámicas sociales de Colombia en las décadas posteriores al Bogotazo, y así mismo a leer de una manera casi premonitoria lo que seguiremos viviendo en los próximos años. Me lanzaría a afirmar que las páginas de esta novela nunca perderán su vigencia: de alguna forma en cada generación seguiremos encontrando el reflejo subversivo de Ana y el sometimiento incondicional de Sabina. La dinámica establecida entre ambos personajes tan distintos pero complementarios, nos obliga a quererlos y odiarlos. Son ellas las que llevan las cargas principales de una historia que se balancea todo el tiempo entre la corrección política, las buenas maneras, las ínfulas de los que viniendo del campo creen ser otra cosa en la ciudad, y el caos que sacude con violencia los órdenes determinados por la clase dirigente, las guerrillas observando desde las montañas, incluso el trauma de una violación sobrellevada en silencio cada vez que vuelve a la memoria esa noche eterna en el cañaduzal.

Sé que esta breve alusión, tan a vuelo de pájaro, está lejos de hacerle justicia a un relato tan rico en imágenes e historias, que hay que ir armándolo con paciencia para no perdernos ninguna. Hay que jugar con sus piezas, disfrutarlas y también dejar que ellas jueguen con nosotros. Escuchar lo que cada una de ellas quiere decirnos, pues sin saberlo, estaremos leyendo en la Pájara pinta un retrato en diferentes edades de nosotros mismos.

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