Señor pasajero: no se pregunte.

Señor pasajero

‘Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo.’

Acostumbrados estábamos a que cosas raras pasaran de vez en cuando. Raras al nivel de que nadie se sorprendía ya cuando comenzaba a llover pequeños copos grises o negros entapetando las calles de una tristeza que se metía por la nariz y hacía estornudar a cada rato. Por eso, había que tapársela con un trapo o bufanda y los copos se posaban poco a poco sobre el pavimento, el pasto, los carros, las sillas del parque.

Este evento, que sucedía a lo sumo dos o tres veces en el año, parecía ser apenas una de las cosas que alguna vez fueron tan extrañas que la gente se preguntaba por su causa, pero con el paso de las generaciones, a pesar de su rareza, se volvieron aburridamente ordinarias. No era necesario pensar. Se puede vivir sin pensar.

Otra cosa rara que sucedía cada cierto tiempo también tenía que ver con el cielo. De repente, el sol comenzaba a ocultarse más temprano, haciendo que los días duraran menos. Las horas eran las mismas, pero ya no alcanzaban para salir del trabajo y llegar a casa alumbrados por la luz natural. Desde luego, nos preguntamos por qué, pero era un esfuerzo innecesario así que también lo pusimos en los anaqueles del tiempo que se iban cubriendo de olvido.

Un día, algo nuevo comenzó a suceder sobre las calles. En el transporte público. A ciertas horas del día, se sentían leves ruidos venidos del interior de los autobuses, desde algún rincón entre el piso y las llantas. Unos pocos pasajeros se quejaron con la empresa encargada pidiendo que se les realizara un mantenimiento preventivo a los vehículos, pues el ruido podría ser provocado por una falla mecánica. La empresa recibió todas las quejas y les dio pronta solución enviando todos los vehículos a revisión de manera paulatina.

Pero los ruidos persistieron, con la diferencia de que ahora eran más fuertes y se sincronizaban entre los autobuses. Esto se supo porque algunos pasajeros crearon un grupo en Facebook en el que registraban la hora exacta y el número de la ruta en la que se oían los ruidos. Eran más bien unos golpecitos secos y profundos. Inofensivos. Pero nos pusieron los pelos de punta a todos.

La gente de este pueblo no se caracterizaba por ser precisamente curiosa. Más bien dejaba que sucedieran las cosas y no les daban mayor explicación, ni desde la fe ni desde la ciencia. Defendíamos el derecho a estar al margen de todo conocimiento oficial sobre cualquier asunto. De esta forma, no habría lugar a discordias absurdas como las que se dan en otros pueblos sobre el sol, la gravedad, los volcanes, Dios… De modo que cada evento imprevisto era aceptado con tal grado de impavidez que simplemente no cabían las preguntas. Eran como los traía el tiempo y punto. Se puede vivir sin pensar.

Sin embargo, había tensión. Los ruidos raros en los autobuses permanecían con el pasar de los días, las semanas y los meses.

Los conductores comenzaron a utilizar pedacitos de algodón en los oídos persiguiendo un ápice tranquilidad. Los pasajeros conversábamos en voz alta sobre diferentes temas tratando de evitar los golpecitos en el fondo que llegaban con una puntualidad excepcional. Quienes podían evitar viajar en autobús, lo hicieron. Caminaban o andaban en bicicleta.

Aun así, pronto los ruidos se convirtieron en el único tema de conversación. La administración municipal comenzó a inspeccionar cada vehículo por separado, no porque quisiera averiguar la causa sino por las protestas masivas, sumadas a las grandes pérdidas de dinero que significaba la disminución del volumen de pasajeros.

No dieron con nada: ni la causa ni la solución. Algunas personas decidieron rezar para que todo pasara rápido. No sabían a quién se dirigían, pues no existía una referencia a Dios o divinidades a quienes hablarles cuando había problemas. Pero estas personas, empujadas tal vez por ese instinto que es dado a los seres humanos al nacer, un inherente deseo de saber más, habían visto cómo lo hacían los del pueblo vecino. Días más tarde, reconocerían que se les hizo relativamente fácil.

Al inicio lo hacían a escondidas. Era un acto de insubordinación. Pero se tranquilizaron cuando en los noticieros hablaron sobre una posible causa sobrenatural. Era la vía más fácil hacia la falta de preguntas para seguir manteniendo el orden. Fantasmas, dioses y demonios eran términos comunes con los que se designaban los ruidos en los autobuses, efectivos para cortar de raíz una conversación que podría llevar a un cuestionamiento que desencajara la calma sostenida por generaciones.

Los rebeldes no lo dudaron más, decidieron alzar su voz para invitar a todos a orar. Era la cura efectiva contra los fantasmas en los autobuses y sus ruidos. Ya lo habían dicho las fuentes más confiables a través de la televisión. No había más remedio, creer, confiar, rezar. La gente los escuchó. De creyentes clandestinos se convirtieron en líderes. Comenzaron a usar sotanas largas, báculos dorados y sombreros para ser fácilmente reconocibles entre la multitud que ovacionaba. Irene y yo pensábamos que era innecesario.

Hablaban con facilidad de cualquier tema: Dios, Satanás, pecados, indulgencias, perdón… La fe era ahora la única práctica permitida además de trabajar y estar en casa. No era necesario pensar. Se puede vivir sin pensar.

Hacía tiempo ya que Irene y yo habíamos decidido irnos de ese pueblo. Todo era demasiado ordinario, hasta las nuevas prácticas espirituales que se adoptaron. Un día en la banca del parque nos juntamos para definir detalles del viaje. Queríamos volver a la casa de nuestros bisabuelos. Nos hacía ilusión vivir tranquilos al fin en nuestra propia sencillez. Ella traía una pequeña maleta con sus hilos y tejidos. Yo, una tula con mis libros predilectos, todos leídos ya. No podía faltar la pavita para el mate.

— ¿Te acordás de esas temporadas en la casa? De chicos adivinando cuántos pasos cabían en el pasillo, escondiéndonos de los viejos en la biblioteca.

Irene bajó la mirada un segundo mientras sus dedos enrollaban un hilo suelto en la costura de su vestido. Y remató:

 — Mucho espacio quizá para dos personas. La limpieza es lo que me preocupa, flaco.

Sabíamos que no tendríamos que volver a inquietarnos por los autobuses ni la locura que los ruidos habían traído al pueblo. Valía la pena cambiarlo todo. Distribuir las tareas de limpieza no suponía un problema para mí. Finalmente, Irene y yo habíamos nacido para envejecer juntos. Nos esperaba el resto de la vida en la casa.

***
Desde aquí la historia sigue en Casa tomada, un cuento escrito por Julio Cortázar, publicado por primera vez en 1947.

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